Ella le odiaba. Le odiaba aún con más fuerza de lo que intuía que le amaba. Y le odiaba porque él ocupaba sus silencios. Todos aquellos momentos que ella adoraba, en los que su alma vagaba por el interior de sus pensamientos, todos se ocupaban ahora (irremediablemente) con su imagen. Ahí estaba él llevándose su cigarro a la boca, él sonriendo, él mirándola a los ojos, él acariciándole la mejilla, él…siempre él ¿y ella? ¿dónde estaba ella? Bueno, ella había perdido sus silencios. Y los había perdido a cambio de nada, porque su cotidianidad en nada había cambiado. Estaba tan ocupada que no podía quedar con él, y no podía cambiar sus costumbres, él no había invadido su vida. Sólo aquellos minutos en los que había silencio, aquellos se llenaban con sus rizos. Por lo demás, ni las noches, ni los amaneceres cambiaron su aspecto.
Y sin embargo ella era plenamente consciente de su pérdida, De momento no podía descender a lo hondo de sí. Tendría que esperar. No era la primera vez que vivía esta situación. Conocía que poco a poco los usurpadores de silencios abandonan el terreno de las entrañas y pasan a la masa gris. A partir de ahí todo está bajo control. Mientras esto sucedía ella tendría paciencia. No se dejaría llevar por sus impulsos y aprendería a escuchar al hombre de la guitarra. Al usurpador de silencios. Él se infiltraba en los pequeños espacios, en las pausas de los semáforos, en la respiración del teléfono, en mitad de la cola del supermercado…Por un lado ella no se sentía sola (y eso la hacía feliz) pero por otro, la no recompensa le hacía odiarlo, porque él le había obligado a renunciar a esa parcela de individualidad que ni siquiera al más amado le había dado.
Ante esta situación ella se limitó a escribir, y dejó que él siguiera usurpando sus silencios. Porque quizás, sólo quizás él fuera el primer ser con no-voluntad dentro de sí.
Y sin embargo ella era plenamente consciente de su pérdida, De momento no podía descender a lo hondo de sí. Tendría que esperar. No era la primera vez que vivía esta situación. Conocía que poco a poco los usurpadores de silencios abandonan el terreno de las entrañas y pasan a la masa gris. A partir de ahí todo está bajo control. Mientras esto sucedía ella tendría paciencia. No se dejaría llevar por sus impulsos y aprendería a escuchar al hombre de la guitarra. Al usurpador de silencios. Él se infiltraba en los pequeños espacios, en las pausas de los semáforos, en la respiración del teléfono, en mitad de la cola del supermercado…Por un lado ella no se sentía sola (y eso la hacía feliz) pero por otro, la no recompensa le hacía odiarlo, porque él le había obligado a renunciar a esa parcela de individualidad que ni siquiera al más amado le había dado.
Ante esta situación ella se limitó a escribir, y dejó que él siguiera usurpando sus silencios. Porque quizás, sólo quizás él fuera el primer ser con no-voluntad dentro de sí.

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