
Me estoy domesticando. Poco a poco. Sin demasiadas exigencias. Con más cotidianidad que rutina estoy refugiándome en el cajón, sí precisamente ahora que llega la primavera. Estoy marcando cada lugar que considero mío. Estoy afilando mis uñas para poder luchar por mi espacio. Mientras, acicalo mi pelo rojo, para que la luna me eche de menos, para que él, si alguna vez me mira pueda verme. Y yo trato de organizar mis vidas más allá de los recuerdos. Intento pulsar cada uno de mis latidos más allá del exterior. Ese es mi proceso, esta es mi tarea. Estoy acallando mis impulsos para, precisamente poder sentirlos.
Estoy domesticándome. Atándome en corto, bajando lentamente del tejado al asfalto. Sin provocaciones. Con calma. Con ronroneos en vez de gritos desesperados. Estoy dejando que la vida me meza, y ya no lucho contra ella, ni a favor de ella. Ahora estoy dejándome llevar. Aunque a veces, me sigo despertando en sueños, y sigo preguntándome porqué, y mis lágrimas aún no tienen la respuesta. A veces, me miro al espejo y busco qué hay más allá de mi reflejo.
Respiro con serenidad, frente a las teclas.
Estoy buscando de nuevo una salida, aunque esta vez me llevaré la paz conmigo. Esta vez me tomaré mi tiempo para marcharme. No hay dramas. No hay callejones. No hay azoteas que me permiten volar. Sólo están estos putos adoquines que me hacen pisar el suelo.

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