Te echo de menos, como antes eché de
menos a otros y como espero no tener que extrañar nunca más a
nadie. Echo de menos nuestra cotidianidad furtiva, nuestra
complicidad aprendida. Echo de menos tu mirada, el hueco de tu
diente, las líneas de tu mano, los nervios de tu rodilla. Echo de
menos el cerco de tu axila. Echo tanto de menos lo que hemos perdido
que nada me compensa, ni el mar, ni el viento, ni la soledad que
completa mi ser. Nada es tan estimulante como tu ausencia. Nada es
tan enriquecedor como el tiempo en el que sin ser nada construimos la
esencia.
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