Besarnos fue un error, uno de ellos. A
partir de ahí todo fue a peor. Perdimos la libertad de buscarnos y encontrarnos, la libertad de la complicidad, del cariño, del abrazo. Te pido perdón, y me perdono a mí misma por haber perdido eso. Yo te besé, yo te busqué.
Nunca debí desearte tanto, nunca
debí dejar que mi piel gritase más que mi cerebro. Lo sabía cuando
sucedía, pero me arriesgué, y por unos días disfruté de tu
compañía, de nuestra intimidad, de tu sonrisa y tu mirada. Ahora
pienso que eso debe bastarme, y quizás mi calma venga por ese lado.
Tuve y disfruté de cada uno de los instantes contigo, aunque tú no
estuvieras conmigo. En este punto soy infinitamente más egoísta que
tú.
Yo te deseo. Yo te admiro. Y de ambas
adicciones podría haberme enamorado de ti. En eso estaba, eso es lo
que quería, amarte y que me amaras. Pero tú no podías, o no
querías o ni siquiera sabes si puedes o quieres. Los dos fuimos
sinceros, yo al decir que quería estar contigo y tú con tu
silencio. Yo interpreto tu enfado desde el miedo, pero también puede
ser visto desde la oportunidad. No quiero decir que no me importa,
saber que es el miedo el que te ha llevado a herirme me hace ser indulgente, aunque tú no hayas hecho ni
un solo movimiento para pedirme perdón. Sin embargo, si aprovechaste
la oportunidad para herirme, eso ya me parece de peor persona, porque yo jamás quise complicarte la vida. Y me parece que me
juzgas y me castigas desde una posición de poder que aprovechas, y
eso no te lo consiento. Ahí sale mi rabia, mi dolor, mi escasa
dignidad. Aunque tú no lo creas, a mí no me gustan que me den por
culo (ni siquiera en el sentido más literal de la palabra) así que
no voy a dejar que mi piel, mi hígado y mi estómago
sigan queriéndote amar. El dolor me agota.

No hay comentarios:
Publicar un comentario