Llegó anoche. Lo primero que hicimos fue pelearnos por el sitio más cálido del patio. Ambos vencimos. Es negro, muy negro y no demasiado joven. Que yo haya visto tiene 3 cicatrices. Ayer cuando llegó me miró directamente a los ojos, sentí miedo, luego nos reconocimos. Y eso hizo que aún tuviera más miedo. Se tumbó a mi lado esperando que el sol se fuera. Después le cuidé, y le nombré. Le he puesto dios, porque sé que se irá y porque sé que mi alma recurrirá a él cuando me sienta sola y triste. Cuando busque consuelo. Le he puesto dios porque sé que volverá cuando me necesite. Si yo no fuera una gata con tantas vidas intentaría que se quedase conmigo. Pero ya no. Anoche le di de cenar, y por un momento estuve tentada de dejarle entrar en casa. Esta mañana ha vuelto a aparecer. No me ha pedido nada. Se ha tumbado junto a mis apuntes, y ha invadido mi espacio. Ni siquiera he tenido que echarle, nos hemos acoplado. Después hemos dormido juntos la siesta. Bueno, dios ha dormido la siesta, yo estuve mirando la estrella del día, y leyendo. Acabo de volver a casa, y me hubiese gustado encontrarme con dios, pero dios ya se ha ido. El océano está profundo y hace demasiado frío hasta para navegar. Esta vez no tengo miedo de que regrese, porque cuando dios vuelva, yo ya no creeré en él.
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