Cuando me fui esta Semana Santa a la playa buscaba relajarme y cargarme las pilas para lo que me esperaba a la vuelta. Dicen que mudarse es de las situaciones más estresantes para las personas, yo suelo vivirlas una vez cada tres años, más o menos. Y cuando esta Holy Week de 2009 acabase empezaría a vivirla de nuevo: meter en caja tus cosas, las cotidianas y las que nunca quieres volver a ver; decidir qué ropa me quedo, cuál guardo con la esperanza de volver a caber en ella, y cuál tiro para que no haya nada suyo en mi nuevo espacio; darse cuenta de las cosas absurdas que hay en una cocina, de los libros que no has leido, de los condones que han caducado, de las frustraciones que caben en las maletas, de las pelusas que fueron esperanzas...pero siendo prácticos, lo que más me agobia de una mudanza es esa sensación de no saber qué me llevo o qué dejo definitivamente, eso y dónde meter mi sofá. A mí poco me importa el hacia dónde voy.
Cuando volví esta Semana Santa no imaginé que alguien ya había tomado la decisión por mí. Abrí la puerta y allí estaba el vacío, no había nada. Me habían robado el salón. Supongo que más de un listo había conseguido bajar mi "maravilloso" chaise long por las escaleras. Bueno, problema resuelto. También decidieron que las lámparas eran mías, que había ropa que no merecía volver a ponerme, me han dejado sin cubertería, sin platos, sin esas sábanas de lino que no he estrenado... no tengo toallas, no tengo maletas, no hay que tomar ninguna decisión...supongo que ahora tengo que llevarme todo lo que me han dejado en el piso. Lo que no entiendo es porqué no se llevaron la TermoMix, y porqué me dejaron los libros... bueno, ahora que lo pienso sí lo entiendo: la casa en la que ahora están mis cosas, es una casa en la que alguien tiene el suficiente tiempo para oler las cacerolas en vez de mezclarlo todo, y que ya ha leido los libros que yo leí.
P.D. - Debisteis llevarme con mis cosas.

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