sábado, 6 de diciembre de 2008

Anoche encontré mi alma fuera de mí

Anoche, sin buscar y sin salir de casa encontré un gato. Es un gato gris, de ojos verdes. Es un gato que antes fue perro y ahora es sólo gato. Anoche, sin mirarnos ni un instante, nos vimos dentro, y hablamos de lo hermoso que es sentirse vivo bajo la luna y sin miedo. Anoche encontré mi alma fuera de mí.
Este gato y yo no vamos a sentarnos sobre el mismo tejado. A él le olvidaré mañana, justo detrás del amanecer. Y él me olvidó hoy, en el preciso instante en que se hizo la noche. Ese fue el pacto. Y así lo cumpliremos.

No importa cuáles sean los códigos, los dos nos movemos cruzando tantas veces nuestros propios límites, que de tanto romperlos han desaparecido, aunque sigan ahí, y nos recuerden lo que es correcto y lo que no.

Ambos hablamos de ese lugar en el que la búsqueda cesa, porque se tiene la certeza de haber llegado. La certeza de estar en el lugar adecuado, en el momento preciso, y (lo determinante) con la persona que debe acompañarnos en "ese" tiempo. Un tiempo que para nada es permanente, un tiempo que corre en contra de nuestra propia vida, el tiempo de la calma. Es el tiempo de la certeza, de la no búsqueda. Sólo algunos gatos podemos hablar de él.

No tengo tiempo que perder, a pesar de ser gata, esta es la única vida que me queda por vivir.

Anoche, ese gato gris y esta gata roja se encontraron y compartieron sensaciones de un tiempo que ya no está, y se despidieron para siempre.

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