viernes, 28 de febrero de 2020

Siri Hustvedt

La primera noche que oí hablar de ella me desperté junto a un hombre bello. Bello en el concepto más clásico de la palabra. Cuerpo y cara hermoso, como un efebo. Dormí a su lado porque se encaprichó de mí y el hombre al que amaba (al que de alguna manera sigo amando, porque lo mantengo encerrado en mí) me había prestado a él. Hay líneas que ni el amor debe cruzar.Pero volviendo a ella, esa mañana la descubrí, comencé a leer su novela El mundo deslumbrante y desde entonces he seguido cada uno de sus universos. A veces me pregunto si lo hago por el fascinante placer de leerla y compartir su libertad o por permanecer en aquella casa de Malvín donde perdí la mía. Sé la respuesta. Los tres la intuimos. El hombre hermoso, el hombre que guardo y Siri.

Aunque consigas escapar y contar que eres libre hay realidades que nos acompañan. Hay verdades que se convierten en la base de nuestro autoengaño. Hay personas que de habernos amado nos hubieran hecho felices. Hay noches que nos enseñan a ser lo que somos.

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