Ayer un marinero de los de verdad, no
como el que yo amo, me dijo que era la mujer más bonita de España,
y ¿qué se le puede creer a un marinero? Nada. Me dijo que llevaba
tres meses en España, y que de verdad, que yo era la mujer más
bonita que había visto. Le di las gracias y le dije que eso no era
verdad, que no debía haber salido mucho, porque yo no estaba entre
esas mujeres bonitas, y entonces él me desarmó, me
preguntó que ¿qué significa bonita? Le contesté o divagué sobre
los cánones de belleza, sobre la mujer morena, de pecho abundante,
el pelo rizado, y él (un loco de la vida) me dijo que beatiful era
lo que yo era, que no entendía tantas cosas que yo le hablaba, pero
que le encantaba la manera en la que me acercaba a él para
contárselo y perderse en mi boca. Y eso le parecía hermoso, lo más
hermoso que había visto. Quiso invitarme a una copa, a agua, y
dándose por vencido dijo: a desayunar, y entonces me acordé de
aquel poeta, al que apenas entendía, al que una noche loca llamé a
su hotel para invitarle a desayunar...piccola brava me llamaba él,
él al que no entendía casi nada, pero que me encantaba mirarle,
mover su boca, sus ojos en mí, su respiración, sus manos moviendo
la taza del café, él que se marchó a Málaga y de allí a su
viñedo en Italia, y entendí todo lo que aquel marinero me decía, o
no, ¡quien sabe las cosas que se les puede creer a los marineros!
Sea como sea aquel chiquillo, me devolvió una parte de lo que otro
se llevó.
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