Aquella mañana cuando ella le llamó se quedó pegada al auricular cuando él dijo aquello de: no, lo siento, no podemos quedar porque mañana enterramos a mi padre.
Se conocían desde que uno de los dos tenía 16 años, habían sido amigos y amantes, y al menos uno de ellos sintió que se tenía que alejar del otro, pero ni la vida ni las circunstancias les dejaron, así que no se sabe bien lo que fueron.
Ella colgó el auricular, y deseó abrazarle. Esperó todo un día para hacerlo. Él la recogió de una terraza y la llevó, por primera vez en su vida a su casa. Tenía vasos de Ikea, cuando se compraban por catálogo, una cama grande, una ventana sobre las marismas, un sofá demasiado grande para dos. Los cuadros de la madre colgados en la pared, dejando claro que sólo aquello era inmovible, que todo lo demás cambiaría.
Hablaron, bueno habló ella, de sus proyectos, de los miedos, de la suerte de estar con alguien que la amaba, de lo que sentía, de dinero, de trabajo…mientras, él permanecía en silencio. Ella hoy recuerda que él la tapó con una manta, que miraron durante algún tiempo el horizonte. Ella se sintió a su lado aunque no pudiera abrazarle.
Al volver a casa, y como la tristeza no le cabía dentro, ella creyó que se había llevado parte de él. Y eso le gustó. Desde entonces piensa que tiene dentro de sí cosas que alguna vez estuvieron en él, cosas que él le dio mientras compartía su silencio.
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