Hace más de quince años que le amo y aun sigo aquí. Sigo amándole a sabiendas de que su vida y la mía se volverán a separar. Y en estos quince años, o quizás más, yo me he casado, y he amado al que fuera mi marido como nunca podré amarlo a él. Y a veces, me preguntaba porqué, ¿cómo podía estar casada con alguien a quien amaba y amar también a otro? Y la respuesta es fácil: se puede amar a lo que se tiene y a lo que se pierde.
El caso es que siete vidas dan para mucho, y nos hemos vuelto a ver.
Sí, le he llamado. Le dije que estaría en Madrid y que si quedábamos.
De pedernos en Atocha a follar por los tejados sólo pasaron dos horas. En el primer minuto supimos que nada había cambiado, que nada volvería a ser como antes. Ahora todo es diferente. Ambos tenemos demasiadas heridas, han sido muchos años, muchas vidas. Nos hemos acostumbrado al fantasma que remueve nuestras conciencias de vez en cuando, y al refugio de lo que nunca pudo ser. Y aquí estoy yo. Volviendo a escribir las líneas de mi tortura. Mientras él, como siempre sigue por sus balcones. Mientras él como siempre se acostumbra a mi ausencia. Ahora recuerdo nuestra canción. Ahora sé porqué huyo de Serrat y es que “de alguna manera tendré que olvidarte”. Y tengo que hacerlo por todas las noches que no hubo, por las que no habrá.

1 comentario:
Desde mi atalaya de perro salvador, por que San Bernardo soy y perdido en otras ciudades. Veo y observo. Holisqueo el aire esperando saber por que esas vivencias aun siguen removiendo tu alma de gata. Y me asombro de cuanta intesidad tienes pequeña gata. Siempre me habían dicho que en el tamaño y el olvido nacia el poder de afrontar la vida y sobrevivir. Y ahora dudo, pero es poco...
Publicar un comentario