Podés lapidarme, coserme a latigazos,
escupir sobre mi piel, arremeter contra mi cuerpo, pero no vas a
poder hacer que renuncie a él. (me refiero a mi cuerpo, nada que ver con cualquier tipo).
Llámame buscona, ninfómana, putón
verbenero, dime lo que quieras, porque sé que mi epidermis alimenta los cajones de mi libertad. Sí, me has entendido bien, mi
libertad, para tocar y dejarme tocar, para sentir, y transmitir. Mi
libertad fuera de los márgenes del amor o extendiendo el concepto.
Te pido perdón si no
encajo, porque me hubiese gustado hacerlo. Yo sí me he despertado pensándote, imaginando que se pueden romper las barreras,
queriéndote conocer para tener la oportunidad de comprometerme contigo.
Lo único que me sirve en este momento, es ser yo, conmigo y en mí. Y para eso he aprendido a mirar, sentir, acariciar, dejarme fluir.
Si solo fuera tu piel la que hay entre los dos no habría problemas, sin embargo no es así.
Tengo un amigo que no se tatúa porque considera su
cuerpo su templo. Le respeto. Yo podría grafitearme la piel como si
fuera el muro del subte. Ambos nos amamos. En el pasado y en el
presente. Compartimos sudor y respeto por cada uno de los centímetros
del otro. Nos costó encontrar el equilibrio, nos costó muchísimo,
pero lo hicimos, porque entendimos que nuestro nosotros trascendía a
cualquiera de los dos. No te estoy pidiendo lo mismo. No estoy
pidiendo que aceptes mi manera de comunicarme contigo, con otros, y conmigo. Sólo te pido
que antes de recoger todas esas piedras que han rebotado sobre mi
tejado, mires los cardenales que tengo, y trates de apuntar en otro
sitio.
lunes, 30 de septiembre de 2019
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario