No tengo la necesidad de vestirme. Me
gusta levantarme y pasear desnuda por una casa que nunca es mía.
Como muchas niñas de 15 años odié mis caderas, mis escuetos
pechos, mi pubis demasiado abultado entre huesos, los muslos flacos,
las pantorrillas gordas, el culo escueto. Odié todo aquello hasta
que aprendí a aceptar los defectos, que solo lo son si vienen de
fuera. Aprendí a no avergonzarme de verme desnuda. Mirarme al espejo
y reconocer mi desnudez ha sido como ver mi alma fuera de la piel.
No
me desnudo para que me vean sino para mirarme.
Para los otros, los
que solo son capaces de fijarse en mi cuerpo, no son capaces de ver
que cuanto más desnuda estoy más me oculto al resto. Y cuando me
visto me disfrazo para mí, y respondo a la imagen de los demás. Los
prejuicios son fáciles de demostrar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario