Hace tiempo escribí sobre la pulsión del sexo cuando la muerte está cerca. Iba en la parrilla de la moto sin que existiera un camino que recorrer. Toqué sin querer su pantalón. Mis pechos se pegaban a su espalda por pura ley física. No había espacio. La mochila lo ocupaba todo. Le olía de cerca. El roce de mi entrepierna con sus muslos se convirtieron en pura fricción. Desvió la moto. Desaparecimos. Su pija creció. Tuve tanto miedo como deseo. El miedo me aterraba y a la vez me excitaba. La excitación de sentirle tan cerca era lo único que aplacaba el miedo. Llegamos. Me bajé de la parilla. Él se quedó sobre la moto. Le dije gracias, y el contestó, gracias a usted señora.
Hoy al sentir la muerte de cerca de nuevo recordé aquel calentón. La certeza de saber que esa vez puede ser la última oportunidad de sentir una piel te llena de miedo, y el miedo, al menos aquella vez, nos llevó al placer.
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