Reposé mi mano completa sobre tu espalda. A la altura de la columna, llegando casi a las lumbares, en la Th11 diría yo ¿y tú sobré qué parte de tu piel sentías mis dedos, mi palma, toda mi energía? Ambos sabemos que obligábamos a nuestro cerebro, a esos dos metros cuadrados replegados en nuetro cráneo a centrarse en aquellos centímetros de placer. Porque no hay mayor represión que la que se da sin consentimiento. Reposaba el placer del sentido del tacto, el tacto del algodón de tu polera convertida en elemento transmisor de energia. Y así fue que ha sido todo. No hubo más.
Yo podría haber escrito sobre pulsiones, temperaturas y besos imaginarios, pero no hubo.
Todo fue ciencia, todo ha sido descrito, público, objetivo. No hay nada, o ¿acaso tú también sabes del momento del que te hablo? ¿o acaso tú también recuerdas tus dedos jugando con mi pantalón como queriendo acercar lo que no se puede tocar?
Me encanta que nuestro cuerpo hable sin que nuestras cabezas lo hagan. Rozo la piel que no está.
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