La mañana amaneció extraña, la lluvia no cesó cuando llegó el sol.
Omar salió de la choza, a hurtadillas, como casi siempre, y sus rodillas se mancharon de barro. Omar elevó su metro noventa, y caminó decidido. Sabía adónde iba, el sueño lo guiaba. De lejos la vio. Su pelo rojo flotaba jugando entre peces. Su piel transparente brillaba bajo la lluvia, que extrañamente aquella mañana permanecía bajo el sol.
Él miró sus cicatrices y trató de recordar si ella tenía alguna, la última vez que se miraron de cerca no era así, de haberlas habido él le hubiera preguntado. Con miedo buscó en su interior.
Hace más tiempo del que él sabía contar, una mañana en la que la lluvia no cesó al salir el sol, Omar se acercó al delta del Okavango. Sabía adónde se dirigía porque el sueño lo guiaba.
Allí la vio, era el ser más feo que él hubiese podido imaginar, pero sus ojos, ojos verdes de pez daban tanta pena, que era imposible abandonarla. Omar la sacó del agua, y lo que podía haber sido una niña deforme resultó ser una sirena. Para Omar las sirenas no existen. El lugar en el que vive no hay mar, por tanto no hay sirenas. Aquella niña con cola de pez se convirtió en su único secreto.
Omar creció. Omar se enamoró. Omar sentía soledad en su corazón cada vez que se decían adiós. Cada vez que ella, en una mañana de lluvia, desparecía. No había temporalidad, crecieron como niños y como adultos desde un lenguaje imposible. Aprendieron a mirarse desde dentro, desde los sueños y los vacíos. Se decía que Omar era brujo, le temían y le buscaban con la misma intensidad.
Un día la sirena colocó su mano sobre el pecho de Omar, su piel transparente sobre su piel negra, y él sitió corrientes a lugares que no existen, y ella encontró caminos de tierra por los que nunca transitaría. Desde entonces ambos compartieron la fuerza de la tierra y los misterios del agua.
Esta mañana Omar salió temprano. Era una mañana extraña en la que la lluvia no cesó al amanecer. Se quedó al borde del lago, cerca de un cuerpo inerte y derramó sal sobre agua dulce. Omar la cogió en brazos, y descubrió una tremenda cicatriz en su cola, su hermosa cola morada parecía gris ahora, su pelo rojo no brillaba, sus ojos no miraban, solo su piel permanecía transparente. Cargó su cuerpo mientras la lluvia borraba el nocolor de su piel, hizo un hoyo y la cubrió de tierra. Después Omar se tumbó sobre aquella loma reciente, y abrazó la tierra que la cubría. Así se quedó por horas, por días, hasta que el agua le cubrió.
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