Al despedirse de ella, él la besó en
la mejilla. No se había dado cuenta que una lágrima había empezado
a rodarle, a ella, que siempre fue fría y distante, y él casi sin
querer, tocó esa lágrima. El roce le dolió, pero estaba tan triste
que apenas importaba.
A la mañana siguiente él despertó con una pepita sobre su labio, y comprendió que esa lágrima helada había quemado su piel. Quizás ella no podía guardarlo en su corazón, ni permanecer en la distancia, pero ahora él la mantendría en su boca.
El tiempo borró el recuerdo entre ambos. Él, volvió a sus quehaceres, pensó en olvidarla. Ella se quedó en otro, y quizás en otro, y en otro, pero no volvió a llorar.
Lo cierto es que un día, en un ambulatorio cualquiera, un enfermero extirpó la pepita, y esa lágrima cayó a la papelera, así, sin más. (porque a veces la magia se terminan así, sin más).

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