Tengo guardado ese beso que no nos dimos en Plaza Castilla, ese que ni siquiera pudimos mirar. También guardo el de una playa, tirados sobre la arena, mirando una luna que no podíamos ver, de lo borrachos que andábamos. Guardo el beso y tus palabras: eso es lo malo, que nos queremos demasiado. Eso dijiste.
También tengo un beso en la Plaza del Salvador, un beso furtivo, casi inconsciente. Extraño, del hombre al que más he besado no guardo ninguno, sí, uno, en la línea 4 que va de La Chana al Centro, estaba triste, habíamos regañado, y yo había llorado. Él sostenía mi mano, y me besó en los labios. Guardo ese beso.
Tengo el beso de mi niño-amante al bajar del autobús que me llevó a las montañas. También tengo el beso de alguien que volvió a recoger una navaja olvidada, aún lo guardo porque quiero creer que era a mí a quien había olvidado. Y tengo cerca, casi en mi piel, un beso, el tuyo, en la cocina de un hostel.
No son muchos, quizás es que no me han besado lo suficiente. No lo creo, he besado y me han besado suficiente, es solo que estos son los que merecen ser guardados.

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