Me esfuerzo en encelarme al ver que es a otra a la que le
propones conciertos, con la que viajas y en la que piensas. Ya lo sé,
desde siempre lo sé. Lo curioso es que hoy me he tenido que esforzar
porque eso me haga daño. Y ni siquiera sé porque me gusta creer que
aún pienso en ti. Supongo que tiene que ver con el vacío. Esa
constante de si tú no estás, no hay nadie, y si no hay nadie dónde
estoy yo ya me resulta absurda y deshonesta conmigo.
Luego está la posibilidad del masoquismo, pero prefiero no creer en
ello. Quiero seguir acostumbrándome a este "ya no
estás" que habita en mí. Se supone que esto me hace madura, o menos
adolescente, yo qué sé. Lo cierto es que hoy casi todo me da igual,
y ese casi todo también pasa por ti.
Lo único que me desconcierta
es la incertidumbre de saberme frente a un vino, una chela o una tapa china y hablar de todo aquello de lo que fuimos capaz de contarnos
con palabras escritas.
Y estar tranquila al mirar tus ojos entre pardos y
marrones, jugar con tu pupila incapaz de descansar sobre mi boca. Quiero acariciar tu
barba de tres colores, la ausencia de tu boca y el deseo que provocó,
el desafío que supone tu cabeza. Quiero interrogar a tu sonrisa efímera, estimular tu risa
abierta como tus manos, como el pliegue de tu pecho.
Esperar la calma
me desasosiega, como si aún te amara, como si aún te recordara.

No hay comentarios:
Publicar un comentario