Estaba sobreviviendo y decidí dejar de
hacerlo. Tomé un paréntesis en mi vida y tomé un avión hacia
Santiago de Chile. Se acabaron las luchas sociales, los espacios
okupados, la reivindicación de los derechos adquiridos, se acabaron
las asambleas, las lágrimas ante la impotencia, la rabia, las
esperanzas por conseguir un trabajo miserable. Se acabó todo eso, a
más de 23,000 kilómetros y viviendo a contraestación estuve un año
de mi vida. Un año en el que los días pasaron fáciles, en una
burbuja, hasta que la promesa hecha a una amiga que adoraba al viejo
Benedetti me trajo hasta la Rambla. Y me enamoré. Me enamoré de
Montevideo, tan decadente, tan hermosa, tan ausente de todo. Y tuve
que empezar a prepararme a sobrevivir de nuevo.
Llevo dos meses en esta ciudad, cambié
el Pacífico por el Atlántico y cada rato me recuerdo a mí misma
que ya he vivido esta búsqueda de trabajo, esta pelea por salarios
dignos, ese pellizco en el estómago cuando alguien te dice una
cuenta. Ya he vivido las tardes de fútbol en el bar, el griterío,
las risas de los colegas, las asambleas de barrio, la lucha, lo
social... conozco el lenguaje, conozco los códigos, pero aún
desconozco la realidad de la que tratan. En eso estoy, en averiguar
cuánta realidad puedo tener de mi pasado en esta ciudad que me cala
hasta los huesos, y esto no es una metáfora.

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