domingo, 4 de agosto de 2013

Cuando dejas de sobrevivir y el mundo se ve cabeza abajo


Estaba sobreviviendo y decidí dejar de hacerlo. Tomé un paréntesis en mi vida y tomé un avión hacia Santiago de Chile. Se acabaron las luchas sociales, los espacios okupados, la reivindicación de los derechos adquiridos, se acabaron las asambleas, las lágrimas ante la impotencia, la rabia, las esperanzas por conseguir un trabajo miserable. Se acabó todo eso, a más de 23,000 kilómetros y viviendo a contraestación estuve un año de mi vida. Un año en el que los días pasaron fáciles, en una burbuja, hasta que la promesa hecha a una amiga que adoraba al viejo Benedetti me trajo hasta la Rambla. Y me enamoré. Me enamoré de Montevideo, tan decadente, tan hermosa, tan ausente de todo. Y tuve que empezar a prepararme a sobrevivir de nuevo.

Llevo dos meses en esta ciudad, cambié el Pacífico por el Atlántico y cada rato me recuerdo a mí misma que ya he vivido esta búsqueda de trabajo, esta pelea por salarios dignos, ese pellizco en el estómago cuando alguien te dice una cuenta. Ya he vivido las tardes de fútbol en el bar, el griterío, las risas de los colegas, las asambleas de barrio, la lucha, lo social... conozco el lenguaje, conozco los códigos, pero aún desconozco la realidad de la que tratan. En eso estoy, en averiguar cuánta realidad puedo tener de mi pasado en esta ciudad que me cala hasta los huesos, y esto no es una metáfora.

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