La Alicia que Lewis Carrol creó tenía el pelo enmarañado, como corresponde a una chiquilla que juega en las madrigueras de los conejos, el delantal sucio, las rodillas heridas y los ojos tan grandes y tan abiertos que apenas cabían en su delgada cara. Luego llegó Disney y nos vendió una Alicia, rubia, de impecable delantal, una niña de calcetines de hilos y zapatos negros de charol. Años después apareció Tim Burton, a medio camino entre la memoria visual (la inevitable memoria visual) y el oscuro mundo de Carrol.
No sé cuál de todas ellas soy. Quizás sea un poco de cada una.
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